La sede histórica de la calle Azopardo fue escenario de un intenso debate táctico que culminó con un freno de mano a la estrategia de confrontación directa.
El Consejo Directivo de la Confederación General del Trabajo (CGT) resolvió postergar la convocatoria a un nuevo paro general contra la administración de Javier Milei, desoyendo la presión de las terminales más combativas de la central que exigían un salto de calidad en el plan de lucha.
A pesar de la sintonía fina en el diagnóstico, la mesa chica que conduce los destinos del movimiento obrero optó por el pragmatismo. Los sectores mayoritarios, nucleados en los denominados "gordos" y los independientes, evaluaron que un paro general en la actual coyuntura corría el riesgo de no traccionar el acompañamiento social necesario, lo que terminaría oxigenando políticamente a Balcarce 50.
En la previa del encuentro en la mítica central obrera, referentes del sindicalismo de servicios y del transporte, como Luis Barrionuevo (Gastronómicos) y Omar Maturano (La Fraternidad), habían intentado marcar la cancha instalando la necesidad de activar una huelga de 36 horas con movilización a las plazas del poder político.
Sin embargo, esa postura maximalista quedó en minoría ante el bloque dialoguista. El argumento central que sepultó la moción de los duros radica en el termómetro del humor social.
Varios jefes sindicales advirtieron en el cónclave que, en el actual contexto de recesión profunda e informalidad laboral creciente, las bases de trabajadores cuentapropistas, de plataformas y de pymes golpeadas por la crisis podrían leer un paro general como una medida corporativa que interrumpe su sustento diario, abriendo una brecha entre la sociedad y las estructuras tradicionales del sindicalismo.