Argentina, una tierra de contrastes, exhibe una de sus fracturas más dolorosas en el inicio mismo de la vida educativa. La promesa de igualdad de oportunidades se desvanece mucho antes de la primaria, cuando miles de niños y niñas, especialmente en los barrios más vulnerables, quedan fuera de las aulas del jardín de infantes, marcando un destino que arrastran desde la primera infancia.
Los números son contundentes y revelan una realidad de dos velocidades. Según el reciente informe de la ONG Argentinos por la Educación, apenas cuatro de cada diez pequeños de tres años en los sectores más humildes logran acceder a la educación inicial.
Esta cifra, que se estaciona en un magro 41%, contrasta duramente con el 71% de asistencia que se registra en los hogares de ingresos medios, y es la más baja de la región para ese segmento social.
La radiografía de la desigualdad se agudiza aún más al mirar a los niños de dos años, donde el abismo es dramático: solo un 10% de los más pobres tiene acceso a algún espacio educativo, frente a un 44% de los más acomodados.
Aunque Argentina logra una cobertura general del 83% para niños de 3 a 5 años, un dato similar al de Chile y Perú, todavía se encuentra por debajo del 93% que ostenta Uruguay, líder regional en esta materia.