En las últimas semanas se puso el foco sobre el presente y el futuro de María Eugenia Vidal, con algunos intentos para presentarla como presidenciable. Quizás este afán prematuro por reinstalarla cuando todavía falta una eternidad en esa carrera, se entienda por el deterioro sostenido de su imagen: el registro interanual de su valoración muestra una caída mayor a 10 puntos porcentuales, llegando a una negativa de 54,5% en la Provincia de Buenos Aires, lugar que adoptó como su territorio político.
Pero lo que más nos llama la atención es el asombro de una parte del periodismo sobre la brusca caída de su imagen y la falta de explicaciones sobre su fracaso electoral.
Creemos que el inicio de su derrota se puede hallar al remontarse a la campaña de 2015 y coincide con el momento de emergencia de un relato que utilizó al miedo como punto de articulación de su dispositivo de comunicación electoral, es decir, la campaña negativa que lanzó contra Aníbal Fernández, en la que preguntaba: “¿con quién dejarías a tus hijos?”
Luego, el miedo nunca dejó de tener centralidad en la constitución de lo que Riorda denomina mito de gobierno: los ejes in-seguridad, lucha contra el narcotráfico y combate de las mafias (que incluía indistintamente a la policía bonaerense, las barras bravas y los sindicatos docentes) ordenaron su comunicación de gobierno. En este sentido, la demonización de Roberto Baradel, fue tan simbólica como ineficiente.
Por último, la creación del SAME, una medida que buscó destacar durante la última campaña electoral y que es la única política pública concreta que los bonaerenses le reconocen a la gestión de Vidal, se inscribe también en el plexo que articula riesgo y miedo.
Estos ejes buscaron insertarse sobre un imaginario socialmente compartido, fundamentalmente por sectores medios y del interior de la Provincia, en relación a la estigmatización del conurbano bonaerense como tierra de punteros, barras y narcos. Como combo, compusieron un discurso que apuntó a interpelar sus fantasmas.
Ahora, para que un mito de gobierno cobre efectividad debe cumplir dos condiciones: en primer lugar, su apropiación por parte de la ciudadanía y en segundo lugar, la coherencia entre la narrativa y las políticas públicas concretas.
En este sentido, el relato de su gobierno constituyó un dispositivo insuficiente, que hizo eco en una parte del electorado –muy propia- pero que no encontró su inscripción en la realidad y por otra parte, no pudo sostenerse en contraste con la suba de la inflación, la caída del empleo, del consumo y el aumento de la pobreza.
Es cierto que hubo un impacto negativo de la situación nacional sobre su figura –algo de lo que no está a salvo nadie que gobierne la Provincia-, pero tan cierto como que llevó a cabo una gestión sin ningún éxito para mostrar y con un deterioro absoluto de la educación y la salud pública, que hoy asombra a comunicadores que durante cuatro años anduvieron distraídos.
Aquí, podemos retomar las palabras de Artemio López para entender la derrota: “las medidas de Cambiemos estuvieron hechas para ser comunicadas mucho más que para ser implementadas”. El gobierno de Vidal se inscribió en esa lógica de mucho juego mediático y pocas políticas que mejoraran la vida cotidiana. El contraste entre su éxito en el plano mediático y las dificultades que soportaban la mayoría de los y las bonaerenses, la volvía cada día más un producto ficticio y la condenaba lentamente a la decadencia electoral.
En definitiva, como afirma Durán Barba, una emoción solo puede ser combatida con otra emoción mayor y así fue que en Octubre al miedo lo superó el espanto y lo derrotó la esperanza.