El arranque de esta semana se convirtió en un verdadero suplicio para miles de platenses. Las paradas de colectivo amanecieron repletas, con demoras que se extendían por horas y unidades que, cuando finalmente aparecían, pasaban de largo por ir completamente colmadas.
Esta situación no fue una sorpresa para las cámaras empresariales del transporte, que días atrás habían anunciado una drástica reducción en las frecuencias. El argumento central es el incesante aumento del precio del gasoil y un desfasaje, según ellos insostenible, entre los ingresos que perciben del sistema y los costos operativos crecientes, a pesar de la estructura de subsidios existente.
Se reportaron esperas de hasta dos horas en algunas paradas, una eternidad que desorganiza por completo la rutina diaria. Para colmo, las aplicaciones que prometen informar los horarios y el recorrido de los micros también fallaron, dejando a los pasajeros en una incertidumbre total sobre cuándo, o si acaso, llegaría su transporte.
Este calvario no solo se vivió en el casco urbano. En las zonas más alejadas de La Plata, la situación fue aún más crítica, con colectivos que directamente no se detenían por la sobrecarga de pasajeros.
Vecinos y vecinas contaron cómo tuvieron que modificar por completo sus días, saliendo mucho más temprano, combinando varios medios de transporte o, directamente, resignándose a la imprevisibilidad.