Con la voz de la experiencia, Roberto Feletti no anduvo con rodeos al pintar un panorama desolador para la economía Argentina, asegurando que los salarios de nuestro país son hoy “los más deprimidos” de todo el continente.
El exfuncionario puso el foco en un dramático derrumbe del poder adquisitivo, una situación que, según él, divorcia por completo la política de ingresos de la realidad que viven trabajadores, jubilados y pequeños comerciantes.
La frase que mejor resume la situación es cruda y conocida: “los precios van por ascensor y los salarios por escalera”, una metáfora que, aunque repetida, sigue siendo dolorosamente actual. Feletti advirtió que la desenfrenada apertura importadora no solo asfixia la producción nacional, sino que destruye puestos de trabajo, poniendo como ejemplo el caso de Lumilagro, donde los despidos significan menos consumidores para sus propios productos.
Para el diputado nacional con mandato cumplido, es inviable que un país subsista sin producir y comprando todo en el exterior. La pregunta clave es de dónde saldrían los dólares para sostener ese consumo.
Al mencionar la compra de cuarenta millones de celulares, Feletti cuantificó el absurdo: esa cifra, calculando un costo conservador, equivaldría a doce mil millones de dólares, una suma que podría cubrir el sueldo de un trabajador promedio por cuarenta millones de meses, o construir miles de escuelas y equipar decenas de miles de patrulleros.
El economista fue lapidario al señalar que “nadie dice que cada producto bien terminado que entra destruye el trabajo de los argentinos”, una verdad incómoda que se silencia. La paradoja es que, mientras los salarios se hunden, los argentinos pagan productos básicos como galletitas y carne a precios internacionales, una ecuación insostenible que agrava el empobrecimiento generalizado.