En política, las imágenes suelen decir más que los discursos. El 50 aniversario del golpe de Estado no solo fue una jornada de memoria, sino el escenario de un gesto que sacudió la interna del PJ: el abrazo entre Cristian Jerónimo, uno de los triunviros de la CGT, y Máximo Kirchner en la columna de La Cámpora.
El mensaje es nítido: el sindicalismo y el cristinismo buscan una reconciliación estratégica para enfrentar el modelo de Javier Milei.
La lectura en las filas opositoras es de realismo puro. Con una recesión que no da tregua y el consumo de carne en mínimos históricos, el peronismo entiende que la fragmentación es el único camino hacia la derrota en 2027.
“Nadie tiene la acción de oro en el peronismo. Hay que llegar a un frente lo más amplio posible y eso comienza con gestos”, disparó Jerónimo tras su paso por la exESMA.
Desde su prisión domiciliaria, Cristina Kirchner ha enviado señales de distensión. Según fuentes cercanas, la expresidenta está dispuesta a reconciliarse incluso con quienes tomaron distancia tras su condena, priorizando la unidad del movimiento.
Pese al clima de unidad, el camino hacia una referencia común está plagado de matices y tensiones internas que atraviesan a la propia CGT. Dirigentes de peso como Héctor Daer, Andrés Rodríguez y José Luis Lingeri mantienen su apuesta por la figura de Axel Kicillof.
El gobernador, a través de su Movimiento Derecho al Futuro (MDF), se proyecta como el gestor capaz de capturar al votante independiente.
La relación entre el mandatario bonaerense y la organización liderada por Máximo Kirchner sigue siendo el nudo gordiano a desatar. Mientras el primero enfoca su discurso en la "asfixia financiera" de la provincia, los segundos reclaman una conducción más doctrinaria.